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Trasladar la carga sin que la empuje una persona

El traslado de carga entre puntos distantes del depósito es la etapa que menos valor agrega y más horas consume: alguien recorre cien metros con un autoelevador o una zorra para dejar un pallet y vuelve vacío. Los vehículos autónomos hacen ese recorrido solos. En STOKA diseñamos, importamos, instalamos, integramos y damos soporte a las dos familias: el vehículo de guiado automático, que sigue un camino fijo, y el robot móvil autónomo, que navega por sus propios medios. Cuál corresponde depende de cuánto cambia su depósito, no del catálogo.

Cuéntenos su problema

¿Cuántas horas por turno se van en llevar la carga de un punto al otro?

Más de las que figuran en ningún tablero. El traslado no transforma la mercadería ni la prepara: solo la cambia de lugar. Un operario de depósito le cuesta a la empresa USD 965 por mes, USD 11.580 al año (CCT 40/89 rama logística, junio 2026), y las cargas sociales explican el 34,6% del costo laboral (IARAF, febrero 2026).

¿Qué es un AGV y qué es un AMR?

En criollo: son vehículos que llevan carga de un punto a otro del depósito sin que nadie los maneje. Hay dos familias, y la diferencia importa. El AGV, del inglés automated guided vehicle, vehículo de guiado automático, sigue un camino fijo marcado en el piso o en el edificio: una banda magnética adherida al piso, un riel, o un láser que se orienta contra reflectores montados en las columnas. Hace siempre el mismo recorrido, es previsible y es la opción más económica por unidad; a cambio, cambiar el recorrido es obra. El AMR, del inglés autonomous mobile robot, robot móvil autónomo, arma su propio mapa del depósito, se ubica en él, esquiva lo que se le cruza y recalcula la ruta sobre la marcha. Cuesta más por unidad, y el recorrido se cambia por software, sin tocar el piso.

AGV: el camino se marca una vez

El vehículo de guiado automático se mueve sobre una referencia física puesta en el edificio. Puede ser una banda magnética adherida al piso, un cable embebido, un riel, o un láser que gira y toma posición contra reflectores montados en columnas y paredes.

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El vehículo sigue esa referencia y hace siempre el mismo recorrido, con las mismas paradas. Esa rigidez es su virtud: el comportamiento es previsible, la puesta a punto es sencilla de auditar y el costo por unidad es más bajo que el de un vehículo autónomo. Donde el recorrido está definido hace años y no se toca —de la salida de la línea de producción a la zona de despacho, del muelle a la playa de recepción— hace ese trabajo todos los días sin sorpresas. El límite aparece cuando el recorrido cambia: mover la traza significa levantar la banda o reubicar reflectores y volver a calibrar. Es una intervención de obra, con el depósito afectado, no una configuración de software.

AMR: el recorrido se cambia por software

El robot móvil autónomo no necesita una marca en el piso. Recorre el depósito una primera vez, arma un mapa con sus sensores y después se ubica en ese mapa comparando lo que ve con lo que tiene guardado.

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Con eso va de un punto a otro por la ruta que le convenga, frena si aparece una persona, rodea un pallet mal apoyado y retoma. Cuando cambia el layout se actualiza el mapa y listo: la traza nueva es una configuración, no una obra. El costo por unidad es más alto que el de un vehículo de camino fijo, y esa diferencia se paga sola en depósitos donde el layout se mueve, donde hay obra en curso o donde el vehículo tiene que convivir con gente y autoelevadores en el mismo pasillo. También conviene cuando el proyecto arranca chico y va a crecer, porque sumar unidades no obliga a rehacer la infraestructura del piso. A cambio exige más del ambiente: iluminación, referencias estables y un piso que se mantenga en condiciones.

Qué hace falta del lado del depósito

Un vehículo autónomo no se enchufa y anda. Primero, el piso: juntas, desniveles, roturas y rampas condicionan la velocidad y hasta la viabilidad del proyecto, así que la planitud y la carga admisible se verifican en sitio durante el relevamiento.

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Segundo, la señalización y el orden: zonas de paso libres, cruces marcados, puntos de carga y descarga definidos, y una regla clara sobre dónde se estiba y dónde no, porque un pallet apoyado en el lugar equivocado es, para el vehículo, una pared. Tercero, la conectividad: la red inalámbrica tiene que cubrir todo el recorrido, sin puntos ciegos. Y cuarto, el software. Si hay un solo vehículo alcanza con una lógica simple de tareas; si son varios, alguien tiene que decidir quién pasa primero en un cruce, quién carga batería y en qué momento, y cómo se reparten las órdenes. Eso es un gestor de tráfico, integrado con su sistema de gestión de depósito (WMS, del inglés warehouse management system).

Cuándo conviene cada uno

La pregunta útil no es cuál es mejor, sino cuánto se mueve su depósito. Si los recorridos son estables y repetitivos, si las paradas son siempre las mismas y el layout no cambió en años, el vehículo de camino fijo hace ese trabajo con menos inversión por unidad y con menos cosas que puedan salir mal.

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Si el layout se acomoda por temporada, si hay obra en curso, si los pasillos se comparten con gente y autoelevadores, o si el proyecto va a crecer en etapas, corresponde el robot móvil autónomo, porque cada cambio se resuelve por software. Hay un tercer escenario, bastante frecuente: la convivencia de los dos. El tramo troncal, largo y siempre igual, con vehículos de camino fijo; los tramos variables, con vehículos autónomos. La decisión sale de mapear los movimientos reales de un mes: origen, destino, frecuencia, horario y unidad de carga. Ese mapa se hace en el relevamiento y es lo que después ordena la inversión.

¿Qué define si conviene un vehículo autónomo, y cuál?

No publicamos tablas de especificaciones modelo por modelo: la ficha detallada se entrega con el diagnóstico, dimensionada sobre su operación. Estos son los criterios con los que se elige.

Distancia y repetitividad del recorrido
Un vehículo se justifica cuando el traslado es largo y se repite muchas veces por turno. Los tramos cortos, que el operario hace de paso mientras completa otra tarea, casi nunca devuelven la inversión.
Estabilidad del layout
Si el recorrido no cambia hace años, el camino fijo alcanza y cuesta menos por unidad. Si el depósito se reacomoda por temporada, por obra o por crecimiento, conviene un vehículo que cambie de ruta por software.
Volumen de movimientos por turno
Define cuántas unidades hacen falta y si el proyecto cierra. Se cuenta sobre movimientos reales, no sobre el promedio que alguien recuerda en la reunión: origen, destino, horario y frecuencia de cada traslado.
Convivencia con personas y autoelevadores
Un pasillo compartido exige un vehículo que frene, esquive y retome. Si el tránsito es denso durante todo el turno, hay que revisar el layout antes que el vehículo, porque ninguna tecnología arregla un cuello de botella de circulación.
Piso, red y software de coordinación
Juntas, desniveles y rampas condicionan la velocidad; la red inalámbrica tiene que cubrir todo el recorrido; y con más de un vehículo hace falta un gestor de tráfico integrado con su sistema de gestión. Todo eso se verifica en el relevamiento.

Ingeniería aplicada a su operación

¿Cuándo no conviene un vehículo autónomo?

Cómo trabajamos

Cuando las distancias son cortas, no hay caso. Si el traslado típico son veinte metros que el operario hace de paso mientras completa otra tarea, ningún vehículo lo mejora: le agrega una espera. Tampoco conviene con volumen bajo de movimientos, porque el equipo queda parado la mayor parte del turno y la inversión no encuentra dónde amortizarse. El tercer escenario es el más frecuente y el menos discutido: pasillos donde el tránsito de personas y autoelevadores es tan denso que el vehículo pasaría más tiempo frenando que moviéndose. Ahí el problema no es de transporte sino de circulación, y se resuelve con layout, no con robots. Lo mismo pasa cuando el desorden es el cuello de botella: si las ubicaciones no están definidas, si el inventario no cierra o si cada pallet aparece donde no debería, automatizar el traslado mueve el problema más rápido. Primero el proceso; el vehículo después, y solo si la cuenta cierra.

Preguntas frecuentes

¿Cuál es la diferencia real entre un AGV y un AMR?

El vehículo de guiado automático (AGV) sigue un camino fijo marcado en el piso o en el edificio: cuesta menos por unidad y es muy previsible, pero cambiar el recorrido es obra. El robot móvil autónomo (AMR) navega por sus propios medios, esquiva obstáculos y recalcula la ruta; cuesta más por unidad y el recorrido se cambia por software.

¿Pueden circular en un pasillo con gente y autoelevadores?

Sí, y es justamente el escenario donde conviene un vehículo autónomo antes que uno de camino fijo, porque frena, esquiva y retoma. Ahora bien, si el tránsito es denso durante todo el turno, el vehículo pasa más tiempo frenando que moviéndose, y ahí el problema real es de layout y de horarios de circulación.

¿Sirve si mi layout cambia todos los meses?

Ese es el caso del robot móvil autónomo. Actualiza el mapa y la traza nueva queda operativa sin tocar el piso. Con un vehículo de camino fijo, en cambio, cada cambio implica levantar la banda magnética o reubicar los reflectores y volver a calibrar el sistema, con el depósito afectado mientras dura la intervención.

¿En cuánto tiempo se recupera la inversión?

Como referencia orientativa, en los proyectos de automatización trabajamos con un repago de 18 a 36 meses, y el número real depende de los movimientos, de los turnos y del costo laboral de cada operación. El plazo de instalación es de 3 a 4 meses desde la orden de compra. La cuenta se cierra con el relevamiento, no antes.

Mapear los movimientos antes de comprar el vehículo

El relevamiento cuenta los traslados reales de un mes, mide el piso y la red, y define si corresponde un vehículo de camino fijo, uno autónomo o un cambio de layout. Con eso le entregamos el diagnóstico y la cotización.