AGV: el camino se marca una vez
El vehículo de guiado automático se mueve sobre una referencia física puesta en el edificio. Puede ser una banda magnética adherida al piso, un cable embebido, un riel, o un láser que gira y toma posición contra reflectores montados en columnas y paredes.
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El vehículo sigue esa referencia y hace siempre el mismo recorrido, con las mismas paradas. Esa rigidez es su virtud: el comportamiento es previsible, la puesta a punto es sencilla de auditar y el costo por unidad es más bajo que el de un vehículo autónomo. Donde el recorrido está definido hace años y no se toca —de la salida de la línea de producción a la zona de despacho, del muelle a la playa de recepción— hace ese trabajo todos los días sin sorpresas. El límite aparece cuando el recorrido cambia: mover la traza significa levantar la banda o reubicar reflectores y volver a calibrar. Es una intervención de obra, con el depósito afectado, no una configuración de software.
